OTOÑO PERFECTO

 

Por un instante creí escuchar sus gritos al caer. Me pareció que los podía oír de manera clara y nítida.

Mi mente imaginaba su dolor y su inmensa pena por no poder sostenerse y tener que caer a un vacío desconocido.

Su lento deterioro no hacía, a mi manera de ver, sino incrementar la angustia ante el inexorable final; un inclemente alargar la tortura uniendo con rigor, el paulatino declinar propio, con el ajeno.

La lividez de sus células, cambiando hacia un pálido amarillento a medida que la falta de oxígeno las ahogaba, me parecía de una crueldad cosmológica inenarrable.

Su declive me parecía un horrible ocaso sin la promesa de un amanecer.

Pero de pronto algo en mí cambió.

Fuera todo seguía igual, pero mi forma de conocerlo se transformó.

Comencé a percibir al árbol que observaba de una manera distinta, más completa. Vi los tallos, vi la copa entera con sus ramas y el tronco y las raíces que se adentraban en lo profundo de la tierra y, levantando la mirada, la fronda esculpió mi vista adentrándome en el bosque, en donde sentí su espesura que se extendía hasta más allá del alcance de mis ojos.

Me di cuenta de que no importaban las ramas rectas o las ramas curvas; que eran igual los troncos ahuecados que los lisos, los bordes cóncavos que los convexos, las hojas mustias que las hojas verdes. Que la belleza era una y que se mostraba en sus infinitas facetas.

Lo marchito y lo lozano dejaron de ser dos entidades separadas.  Juntos, me permitieron experimentar en la unidad trascendente que los juntaba, una verdad mayor; la unidad de lo aparentemente separado fundido en lo único indivisible.

Y entonces comprendí que todo estaba bien, que todo era perfecto y que la necesidad del otoño era igual a la necesidad de la primavera; la necesidad de la vida y la necesidad de la muerte dejaron de ser antagónicas.

Supe que ninguna rama era mejor o peor que otra, por ser más recta o por tener más hojas. Que el verdor de los brotes es tan perfecto como los ocres de lo mustio. Y que el viento frío de la serranía, es tan sagrado como la brisa cálida de las playas en el estío.

Comprendí que todo estaba bien, que todo era y es perfecto … como es.

EXILIO DE OTOÑO

 

Estaba fría la brisa

que en el salón entraba

por la rústica ventana

a los árboles abierta

y a las vibrantes hojas,

que ya tenían el castaño

que presagiaba su muerte.

 

 

“Cinema Paradiso”,

“YoYo Ma” “Chris Botti”.

Recuerdos,

nostalgias viejas,

de un pasado

aún presente.

De mi esposa, su mirada,

y el amor que existe

en ella.

De mí, mi amor por ella,

inmenso,

como un tañer continuo

de una campana

inmensa.

Como una suave brillantez,

ya en mi mirada puesta.

 

 

Oscuro café, muy negro,

caliente

y tinto.

Tinta que nos escribe,

llenando

todo, con sus gestos.

Una taza, un entregar,

y nuestras manos

que se rozan.

¿Cuántas serán las veces?

en los años, ya cuarenta,

que en cálidas mañanas

se miraron las miradas,

como hoy se están mirando,

al vuelo,

casi sin importancia,

convirtiendo

cada mañana,

en un amanecer nuevo.

 

 

Sábado muy temprano,

café de otoño tardío.

“Lucio Dala” Pavarotti” 

               “Caruso”.

Canadá, la hija, tan lejos.

Suiza, el hijo, algo más cerca.

Venezuela, una vida, la nuestra.

España, el ahora, un presente.

Recuerdos.

De compartir … el deseo,

y el deseo hecho llanto,

mientras el café se siente

distinto,

por no saber el cómo,

por no saber el cuándo.

 

 

Agradecer,

aunque triste,

lejano,

como el otoño tardío

que entra por la ventana.

Otoño que no es el mío,

como de cosa prestada

guardada

en algún recuerdo,

y en el recuerdo

olvidada.

Sensación de despedida,

de vida y misión cumplida,

de lagrima retenida,

oculta y bien escondida

para no enturbiar la alegría

de primaveras lejanas.

 

 

Me pregunto,

susurrante,

¿Es que la vida es esto?

¿Lo es “tan solo” o lo es “tanto”?

Como las miradas

y el gesto,

las nostalgias y el recuerdo,

que nos trajo

este café tan negro,

en este otoño

algo frío,

en este otoño,

ahora nuestro.

AQUEL DÍA DE VERANO

El sol brillaba redondo,

como un seno de mujer.

Aromas de cacao en el viento

desbordaban las palabras

y mitigaban los gestos,

de un encuentro entre vaivenes

de alta y de baja mar.

 

Desde lejos te miraba,

desde lejos te veía.

Habían pasado tres años

desde que ocurrió aquel día.

Nuestro amor de aquel verano,

ahora corría entre risas,

y chapoteaba en las aguas

que levantaba la brisa.

 

Su pelo, al mio me recuerda.

Y sus ojos, a tu risa,

pero el calor de aquel día

fue un amor que pasajero,

a ti te lleno de vida,

y a mí, eterno viajero,

de una extraña mezcolanza

de nostalgia, de amor … y miedo.

 

Y es que esta luna de agosto,

cálida en brillante fulgor,

derrite, con tropical picardía,

los hielos, en que ocultaba,

mis recuerdos de los días

en que eras hembra preñada,

y yo el amante sombrío

oculto a cualquier mirada.

 

Y ahora, en una tórrida tarde,

tórrida tarde tardía,

solitario y vacilante,

busco una cala vacía

donde unir las sales del mar

a estos viejos llantos míos,

tratando ¡Infeliz de mí!

de renunciar a mi antojo,

el de un beso, de uno tan solo,

sin sabor … y envenenado,

pero que sirva de adiós,

a aquel día de verano.

MI DESPERTAR

MI DESPERTAR 

Una vez intenté encontrar

hacia el sur de mi larga espera,

y para ello conté al revés

al final de la vez primera.

 

Subí al fondo del mar

trepando por una escalera,

a la izquierda de mí se encontraba

un pequeño muñeco de cera.

 

Pistolas de agua gritaban

a aquella diminuta luz

que temblaba canturreando

dando vueltas a la esfera;

y puertas, postes y aldabas

giraban el gozne hacia afuera.

 

Mullidos cojines de azul

y tristes miradas de espera,

solían salir hacia el tul

de una verdad verdadera.

 

Millones de encuentros callados

gritaban el fin de las eras

y silencios en cofres hallados

corrían por las veredas.

 

Y al fin mi alma dudosa

se amarró a una fe cualquiera,

llorando en la bruma lodosa

de su eterna y silente espera.

 

Fue solo al final de aquel año

que recorrí veloz la pradera,

pariendo algún cruel desengaño

en la cumbre del mar … su ladera.

 

 Sonriente y casi a mi lado

cuidadoso, cauto y alerta,

miraba el crucificado.

Miraba … mi mirada sincera,

con lágrimas de quien no ha llorado

ni una sola vez, tan siquiera.

 

Latiendo una arteria valiente

que a mi mustio cuerpo lidera,

aquel jueves al final del año

y al comienzo de la primavera,

lloví en un murmullo silente

el encuentro de aquella quimera.

 

ANIMAL AMANTE (ANIMALIS AMANS)

Toda época es propicia para conversar un poco sobre esa extraña y misteriosa energía que llamamos amor.

 

Lo primero que habría que comentar es que el amor, es más, mucho más, que la simple decisión de compartir en pareja, que es en lo que habitualmente se piensa al utilizar la palabra amor.

 El amor, es una energía poderosa que impregna a todo el universo. Es lo que une, acerca, abraza, fusiona, pega, vincula, funde, ata, anuda, compromete, aproxima, suma, incorpora, genera y, fundamentalmente, crea. Es el vínculo entre las galaxias que se aproximan y los planetas que orbitan. Es compromiso que acerca a los amantes y es la conjunción de los átomos para generar moléculas.  Es la atadura de dos miradas, el enlace de dos proyectos, el empalme de dos caminos, el nexo con los valores, es el maridaje de un abrazo y la cópula de un comienzo.

Definir lo que es querer y amar, ha escapado a definiciones tanto científicas como poéticas, por ser siempre estrechas y pretender delimitar lo que por esencia es ilimitado.

Definitivamente, el amor es lo que le da sentido a la existencia. Es ese fundamental intangible que llena de respuestas todas las preguntas. La vida sería una sucesión de días vacíos si el amor no estuviera presente.

Dios, (muy probablemente) se percató muy rápido de esa situación. Y cuando tomó la decisión de manifestarse en forma de materia, supo que había creado el infierno si no hacía algo al respecto, ¡y lo tenía que hacer urgentemente!  porque ya Él se había expresado a sí mismo en forma de tiempo. Fue por ello que, de manera inmediata, inherente a su manifestación material, permitió que se colara en la aridez de la materia, un destello de su amor infinito para que se infiltrara en toda la creación del universo.

Fue esta benevolente acción Divina la que hizo que los seres humanos tuviéramos acceso a un trocito de cielo en lo que no sería sino un yermo estéril e infecundo en una cotidianidad sin amor.

¿Se pueden imaginar cómo sería un mundo en el cual el amor no existiera en lo absoluto?  ¿Acaso es concebible la existencia, día tras día, sin dar o recibir amor jamás?  Definitivamente sería algo realmente desolador y pavoroso.

Y, sin embargo, en nuestra ceguera, muchos miembros de nuestra especie niegan la fundamental trascendencia del amor en el acontecer humano.

La definición aristotélica de ser humano como Animal racional que derivó en la desafortunada clasificación de “homo sapiens”, debería cambiarse desde ya y para siempre a “ Animal amante”; lo cual nos llevaría a clasificarnos con una condición más afín a nuestra condición de humanos y nos autodenominaríamos  “Animalis amator”  o mejor, tal vez:  “Animalis Amans”

Ya ha sido demostrado hasta la saciedad, que nuestra supuesta razón de la que tanto nos enorgullecemos, no ocupa sino un lapso de tiempo ínfimo en el suceder cotidiano de nuestras vidas. Pero, por el contrario, ¿cuánto tiempo no ocupa en nuestras vidas el amor y sus aconteceres? 

Es verdad que todo lo que existe en general y en los seres vivos en particular, está imbuido de esa esencia divina llamada amor. Cierto es que los seres vivos, principalmente, experimentan el sentimiento de unión o atracción propio del amor, y que cuanto más cerca están de lo humano a nivel biológico, más son capaces de experimentar el sentimiento amoroso. 

Pero, es en los humanos donde la experiencia amatoria adquiere su dimensión de fundamental trascendencia; pues es a través de él, por medio de él, como podemos dar el salto a nuestro siguiente nivel evolutivo.  Querer, amar, definitivamente, nos acerca a la Divinidad, pues experimentar el amor, es la experiencia más cercana que tenemos para saber de qué se trata estar en un nivel más alto en la cadena de evolución del universo. 

 Cualesquiera otros seres que podamos imaginar o concebir, que compartan este universo en el cual existimos, deben experimentar, por lo menos la misma sino más, una forma de aproximación amorosa similar a la humana, para poder ser considerados semejantes. Lo que nos haría iguales, más incluso que poseer una capacidad deductiva lógica lineal, sería la capacidad de abstracción que lleva inherente la posibilidad de experimentar el amor.

En el mundo de las polaridades, en el código binario en el cual procesa la información nuestra mente de manera habitual, el amor es luz, desarrollo, crecimiento, evolución, y vida…es Dios. Su ausencia es oscuridad, carencia, privación, penuria, muerte…es ausencia del contacto consciente con Dios.                  

Lo mejor de cada uno de nosotros surge del sentimiento amoroso. Lo más sombrío y destructivo aparece como consecuencia de no contactar con el amor.

En nuestro nivel de existencia, el amor es lo más cercano a Lo Divino con lo que podemos contactar, por ello el amor va unido a la felicidad y su ausencia a la amargura.

Con amor y en amor, las penas de lo cotidiano se matizan y se sobrellevan con armonía y dignidad. En su carencia, la vida se experimenta como la expresó Shakespeare en Macbeth “… una historia contada por un idiota, llena de estruendo y furia, que nada significa”       

Sirva este artículo tan serio, pero escrito en tono un tanto informal, para exhortar a todos los lectores a ser conscientes del increíble milagro que es el amor y a ponerse prestos y decididos tanto a darlo como a recibirlo.

                                                                                                 Héctor G. Gómez G.

LO QUE LOS ÁRBOLES TEJEN

LO QUE LOS ÁRBOLES TEJEN

Se dice que los árboles tejen

las más grandes armonías

entrelazando los hilos

de ocultos sueños ignotos.

Restos, tan solo pedazos,

de todos los sueños rotos.

 

El juguetón entramado,

con rizos de viento y verde,

son los desgajados trozos

de tiempos y melodías.

 

Los surcos de sus cortezas

son arrugas y caminos,

que lágrimas de antiguos dioses

dibujaron en su vida.

 

Los árboles son callados

y en una estática danza,

cuentan en eternos susurros

los misterios enraizados.

 

El dorado de sus verdes

sonríe en los soleados días,

y el nocturnal misterio

gime entre los bordes plateados

de hojas llenas de luna.

 

Los ocres y los castaños

son clamores que absorbidos,

dejan las desnudas ramas

cual trozos de nubes rotas. 

 

Es solo el hilo dorado

de algún sueño adormecido,

lo que despierta el letargo

y genera el despertar

de los verdes renacidos.

 

Es por eso que se dice,

que de los hilos dorados

que dejan los sueños rotos,

nacen las primaveras,

tejidas solo por árboles,

desde los tiempos remotos.

 

Héctor G. Gomez G.

ENCUENTROS

ENCUENTROS

Hay encuentros pasajeros pero profundos, y los hay largos y poco trascendentes.

Hay encuentros como cicatrices, imborrables, para siempre. Marcan con su aparición la vida entera.

Hay encuentros alegres, risueños, suaves y livianos, como brisa fresca en tarde calurosa.

Hay encuentros intangibles, como pensamientos fugaces o sentimientos inasibles.

Hay encuentros que son recuerdos guardados en el olvido. Mensajes ocultos del alma reencontrados en un recodo o en una mirada.

Hay encuentros serios, duros, pétreos e inflexibles… que hieren y muestran, marcando el camino con lágrimas.

En cada gesto o mirada existe oculto un posible encuentro. En cada apretón de manos, en cada abrazo, en cada desprecio y en cada desplante.

Los que miran los encuentros, son sabios caminantes, que guardan el tesoro de sus constantes hallazgos.

Hay encuentros de un segundo y hay encuentros eternos, los hay fugaces como relámpagos y permanentes como galaxias.

Los encuentros ocurren continuamente, con tanta frecuencia que forman parte del paisaje y por eso nos suelen pasar desapercibidos.

Los encuentros se presentan en nuestras vidas para indicarnos caminos y señalarnos posibles errores.

Pero cada encuentro, siempre,  es un misterioso manojo de posibilidades.

YO Y MI YO

YO … y mi yo

Es como una neblina en un amanecer montañoso.

O más bien … es un “en-neblinarse”, un difuminarse los bordes de algo hasta hace poco muy sólido.

Esa segura seguridad de …  yo.

Difuminarse bordes que no existen, en torno a algo que no es.

Aún no desaparece, no del todo.

Solo se difumina, nebulosamente … se “en-neblina”.

Al decir yo, hay un trasfondo de inmensidad.

Al decir yo, se experimenta una sensación de infinito.

Cuando se ve el no-yo, no se sabe con exactitud dónde comienza.

Las fronteras dejan de ser fronteras

Una sensación de amor asustado arropa la existencia

La vida comienza a experimentarse, todo el tiempo, como un mirar desde lágrimas

Neblinosas, “en-neblinadas” … difusas …

un fluir deshaciéndose.

Des-hacer solo por no hacer, por dejar de hacer.

Y envolviéndolo todo ese estremecedor conocer de

agradecer, agradecer y …  agradecer.

Las lágrimas cubren el mirar, lo anteceden

Son lágrimas de amor hecho materia

Es tocar lo eterno con la mirada

Por eso hay lágrimas, y agradecer y agradecer …

Y el yo se disuelve, o crece, o nunca fue, o siempre será.

Bordes nebulosos, ausencia de fronteras

-Yo- ya no es … o es todo

-Yo- no termina, porque nunca comenzó

Y la vida se en-neblina con las lágrimas de un amor que todo lo abarca.

Amor asustado, lleno de miedo por tanta inmensidad.

Agradecer, agradecer, agradecer                                                                          

Héctor G. Gómez G.

OCASO

OCASO

Se muestra el ocaso desnudo

en el infinito recuerdo nacarado.

Luces, destellos, voces y mensajes

recorren pacientes el pensamiento mudo,

buscando silentes el recuerdo hilvanado

de insomnios lejanos de un pasaje oscuro.

 

Imágenes tristes ensartan las nubes

y nostalgias sonoras tañen lamentos.

Mirando hacia el centro, buscando verdad,

surge el recuerdo surcado de tules

de tardes que no existieron

pero que existen, en mi soledad.

 

Loco recuerdo de fantasía cubierto.

Insensata fantasía disfrazada de recuerdo.

Momentos vividos en oscuro desierto

con imágenes muertas que llenan mi vida.

 

Así se desplaza del todo a la nada

el recuerdo falso de fantasía cierto,

llenando de duda mi camino abierto

pero dándole luz al ocaso mudo

 y prestando voz al silencio yerto.

 

Héctor G. Gómez G.

 

 

 

LUZ DE LUNA

LUZ DE LUNA

La luz de la luna tiene un cierto espesor.

Un almibarado aleteo, semejante a las frondosas láminas

de un repicar de campanas.

 

La luz de la luna es tenue,

cómo las díscolas gotas de la lluvia

o el fragor mortecino de las fraguas de Vulcano.

 

Es que la luz de la luna, siempre está llena de recuerdos.

 

La luz de la luna es redonda

Como el vientre de una hembra fecunda.

Y baila con el frenesí plateado

de una Arlequín sudoroso

en algún olvidado carnaval de sotavento.

 

La luz de la luna es piedra que se amamanta

con brisas de cañaveral.

Es suspiro y gorgoteo; suave pátina

en una estrella asomada al ventanal.

 

Es que la luz de la luna, siempre está llena de recuerdos

 

La luz de la luna es como horizonte permeable,

arcón de ruinas calladas.

Marchita vejez oscura

en húmedos adoquines

con reflejos de dulzura.

 

Y es que la luz de la luna … siempre está llena de recuerdos.

 

Héctor G. Gómez G.