EXILIO DE OTOÑO

 

Estaba fría la brisa

que en el salón entraba

por la rústica ventana

a los árboles abierta

y a las vibrantes hojas,

que ya tenían el castaño

que presagiaba su muerte.

 

 

“Cinema Paradiso”,

“YoYo Ma” “Chris Botti”.

Recuerdos,

nostalgias viejas,

de un pasado

aún presente.

De mi esposa, su mirada,

y el amor que existe

en ella.

De mí, mi amor por ella,

inmenso,

como un tañer continuo

de una campana

inmensa.

Como una suave brillantez,

ya en mi mirada puesta.

 

 

Oscuro café, muy negro,

caliente

y tinto.

Tinta que nos escribe,

llenando

todo, con sus gestos.

Una taza, un entregar,

y nuestras manos

que se rozan.

¿Cuántas serán las veces?

en los años, ya cuarenta,

que en cálidas mañanas

se miraron las miradas,

como hoy se están mirando,

al vuelo,

casi sin importancia,

convirtiendo

cada mañana,

en un amanecer nuevo.

 

 

Sábado muy temprano,

café de otoño tardío.

“Lucio Dala” Pavarotti” 

               “Caruso”.

Canadá, la hija, tan lejos.

Suiza, el hijo, algo más cerca.

Venezuela, una vida, la nuestra.

España, el ahora, un presente.

Recuerdos.

De compartir … el deseo,

y el deseo hecho llanto,

mientras el café se siente

distinto,

por no saber el cómo,

por no saber el cuándo.

 

 

Agradecer,

aunque triste,

lejano,

como el otoño tardío

que entra por la ventana.

Otoño que no es el mío,

como de cosa prestada

guardada

en algún recuerdo,

y en el recuerdo

olvidada.

Sensación de despedida,

de vida y misión cumplida,

de lagrima retenida,

oculta y bien escondida

para no enturbiar la alegría

de primaveras lejanas.

 

 

Me pregunto,

susurrante,

¿Es que la vida es esto?

¿Lo es “tan solo” o lo es “tanto”?

Como las miradas

y el gesto,

las nostalgias y el recuerdo,

que nos trajo

este café tan negro,

en este otoño

algo frío,

en este otoño,

ahora nuestro.